Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Regresar al mundo

    Y regresé.
    No al aeropuerto ni a la casa:
    al personaje.

    A esa versión mía que vive con alarmas,
    listas de pendientes, formularios,
    combinaciones de correspondencia,
    exceles de colores
    —porque si voy a colapsar, que sea codificado—
    y un cansancio que ya aprendió a caminar solo
    y ahora va más rápido que yo.

    El primer día siempre es igual:
    el correo me ruge,
    la agenda me mira feo,
    y yo me pongo la piel de mi yo hiperfuncional
    como quien se prueba un vestido que ya no le queda
    pero igual tiene que usar.

    Y mientras respondo mensajes
    y finjo que lo tengo todo bajo control,
    mi cabeza hace trampa.

    Se va a esas vidas perfectas de pantalla,
    donde la gente se estresa por organizar cenas,
    hacer yoga, desayunar con las compañeras,
    decorar la casa, recibir visitas,
    llevar a las hijas a ballet
    y subir fotos con filtros cálidos
    que huelen a estabilidad
    y a alguien que sí leyó el instructivo.

    A veces pienso que no encajo en ningún lado:
    ni en esas vidas perfectamente armadas,
    ni en esta hiperproductiva que me traga viva
    y encima me pide resultados.

    Y sin embargo, aquí estoy.
    Regresando al mundo.

    Con cruda emocional,
    con nostalgia que no es mía
    —pero igual pesa—
    y con la certeza incómoda
    de que necesito
    aunque sea un poco,
    una vida que no me exija tanto
    solo para poder existir
    sin tener que justificarlo mediante oficio.