Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

Quemar las naves, quedándome

El avión tembló justo cuando pensé: ¿y si me voy para siempre?
Abajo, la ciudad parecía ajena. Arriba, yo también.

Hace mucho quise ser trotamundos. Nómada. Mujer-postal. En esa época fantaseaba con volverme percusionista y vivir tocando cajón peruano en alguna plaza, en algún congal. Y, por si fallaba, pensé en hacer malabares… pero soy tan torpe que ese sueño sí lo abandoné rapidito.

Detalles técnicos: no toco nada, no fabrico nada y mi talento para dormir en estaciones de autobús es inexistente. Eso sí: si NatGeo me contratara para jalar cables y cargar maletas en una producción, ni lo pienso. Me voy y hasta hago stories motivacionales sonriendo para la foto.

Una vez, un artista sí quemó las naves. Se fue. Y cuando volvió, me invitó a irme con él. Yo me quedé. Y me quedé con su estéreo —el que me había dejado “encargado”— como si fuera una repartición de bienes: un patrimonio emocional de la ilusión de lo que pudo haber sido.

Años después terminó en algún país de Sudamérica, haciendo vida en pareja. Su viaje dejó de ser viaje porque encontró destino.

Con el tiempo entendí que ser libre también implica saber vivir con muchos… y en soledad. Relaciones fugaces, gente de paso, hasta que alguien se queda. O te quedas tú.

Hoy ya no tengo el estéreo, pero mis playlists me acompañan en cada viaje.
Viajo cuando quiero. Vuelvo cuando elijo.

Y descubrí lo inesperado: quedarme también fue una forma de quemar naves.

Posted in

Deja un comentario