Cuando era niña, el 25 amanecía lleno de promesas:
notas escondidas, cintas brillantes,
pequeños tesoros que parecían esperarme.
Con el tiempo, ese brillo se volvió más tenue,
más discreto,
casi un hilo de luz que sólo se nota
cuando una está quieta.
Ya no busco nada bajo el árbol.
No espero sorpresas,
ni mensajes,
ni señales.
Hoy despierto despacio,
con una taza caliente entre las manos
y la luz de la mañana entrando suave,
como si la casa supiera
que necesito silencio para quedarme en mí.
Y en esta calma que no presiona,
que no exige,
que solo existe…
descubro una magia distinta:
la de sentirme serena
en un día que ya no pide nada
más que mi presencia.
Quizá eso es crecer:
encontrar cobijo
en las pequeñas luces
que no hacen ruido.

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