Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Candados

    Hay gente que cree que el amor necesita pruebas físicas:
    metal,
    una fecha mal grabada,
    dos nombres torcidos por alguien
    que claramente no era joyero.

    Como si el sentimiento dudara de sí mismo
    sin un objeto barato que lo respalde.

    Pero no es solo una obsesión por el amor.
    Es una obsesión por fijarlo en un lugar.

    No basta amar:
    hay que amar en ciudades icónicas,
    en un puente famoso,
    en una ciudad que pruebe
    que el sentimiento cruzó fronteras
    y, de paso, el presupuesto.
    Y claro está, documentarlo en el Instagram.

    Colgar un candado es un gesto humilde y arrogante a la vez:
    humilde porque acepta que el amor puede perderse,
    arrogante porque cree que dejar registro
    —y hacerlo en un sitio icónico—
    lo vuelve menos probable.

    Lo llaman eterno
    y lo cuelgan en lugares públicos,
    confiando en que el romanticismo
    tiene prioridad sobre
    el peso, el óxido
    y la seguridad estructural.

    Porque todos lo saben —aunque prefieran no saberlo—:
    alguien va a cortar esos candados.
    No por desamor.
    Por mantenimiento.

    Y entonces pasa lo verdaderamente incómodo:
    vuelves años después.
    Con otra versión de ti
    —o peor, con la misma persona creyendo que ahora sí—
    y buscas el candado
    como quien busca una coartada emocional.

    No está.

    Y no sabes qué duele más:
    que lo hayan quitado
    o admitir que,
    si siguiera ahí,
    tampoco probaría nada.

    A veces no sé si soy una amargada
    o solo alguien que ya entendió
    que el amor no se vuelve eterno
    por cambiar de país
    ni por colgarlo en un puente famoso
    en lugar de grabarlo, como dice la canción,
    en la penca de un maguey.

    Porque luego viene la pregunta que nadie quiere hacerse:
    ¿qué haces si lo odias?
    ¿si te odias un poco por haber amado así?
    ¿Vas a regresar corriendo
    a borrar del mundo
    ese fracaso épico?

    Casi nunca pasa.

    Lo más común es otra cosa:
    vuelves,
    ves que el candado ya no está,
    y sientes una mezcla rara
    de alivio y nostalgia.

    No porque haya sido eterno,
    sino porque durante un momento
    creíste que lo fue.

    Y quizá eso,
    aunque no deje huella en el mapa
    ni en el metal,
    también cuenta.