Durante años mi corazón giró alrededor del 31:
agendas nuevas, decretos exagerados,
mensajes kilométricos, postales de felicitación,
álbumes eternos del festejo,
uvas, sidra, abrazos…
toda la ceremonia de “cerrar el año”
como si eso mágicamente me trasnformara en otra persona.
Al final el día importante no era el 31.
Era el 1.
Ese momento en el que despertaba
con la sensación de que algo había cambiado…
Pero afuera todo seguía igual,
y yo también.
Con el tiempo dejé de mandar mensajes
y también dejé de recibir muchos.
Dejé los álbumes, dejé los decretos,
dejé la ilusión de empezar de cero.
Y es que veía a tanta gente sonreír tan brillante
que me daba envidia.
Envidia de saber que no veo las cosas igual,
de sentirme una intrusa en el festejo,
como si todos tuvieran una brújula emocional
que a mí se me perdió en algún año que ya no recuerdo.
Y no fue tristeza.
Fue claridad.
Así que el año nuevo dejó de ser un evento colectivo
para volverse un acto íntimo,
sin testigos.
Un lugar donde intento reconocerme
mientras el mundo celebra afuera
su propia versión de renacer.
Y no es que esté rota:
solo entendí que el mundo es bello y aterrador a la vez,
que la luz viene con sombras.
Así que camino con lo único que tengo:
una verdad más honesta,
una luz pequeña,
y una intuición que, sin querer,
se ha convertido en mi brújula.
No siempre sé hacia dónde voy.
No sé si mi brújula apunta al norte correcto…
pero sé que elijo mi camino.
Y por ahora,
eso basta.
