Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Inventario del deseo

    Hubo un tiempo en que yo confundía desear
    con lanzarme al vacío sin mirar.
    Amaba tanto la intensidad
    que terminé coleccionando historias
    que parecían aventuras
    hasta que llegaba la cruda moral
    a recordarme que no todo vértigo es destino.

    Por eso tuve parejas
    como quien colecciona incendios:
    bonitas mientras arden,
    incómodas cuando toca apagar el desastre.

    He deseado tantas cosas —y tantas personas—
    que a veces pienso que mi vida entera
    es un inventario de impulsos disfrazados de certeza.
    Deseaba para no sentirme sola,
    para no caerme,
    para no escucharme.

    Lo peor es que a veces deseaba
    solo para no oírme pensar,
    como si el ruido de otro cuerpo
    pudiera callar lo que mi cabeza gritaba.
    Spoiler: no puede.
    Nunca pudo.

    Y aun así seguí.
    Porque el alivio duraba lo que dura una piel:
    lo suficiente para engañarme
    con la idea de que eso era compañía.

    Luego vino mi etapa “responsable”:
    el deseo convertido en logro,
    en metas, en tener.
    Y cuando por fin pude permitirme todo…
    no quise nada.
    O no quise admitir lo que sí quería:
    cosas que no podía sostener
    sin desmoronarme de nuevo.

    A veces no deseo ser deseada.
    A veces deseo que alguien me desee.
    A veces deseo lo imposible.
    Y a veces solo quiero evaporarme.

    Pero hay noches más honestas:
    esas en que deseo
    volver a desear,
    como si algo en mí recordara una vida
    que yo misma trato de olvidar.

    Porque esa es la verdad incómoda:
    el deseo es un animal viejo y caprichoso,
    experto en malas decisiones
    y en incendiar cualquier calma.
    Lleva tantos años conmigo
    que ya somos viejos compañeros
    de derrumbe y revancha.

    Por eso, cuando vuelve
    —siempre vuelve—
    no me hago la prudente.
    Le abro la puerta.
    Porque de todas las ruinas que fui,
    el deseo sigue siendo la única
    que sabe incendiarme con belleza.