Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Sobrevivir al caos (y luego sobrevivir a la adultez)

    ¡Mira, mamá!
    tomo suplementos, me cuido la cara,
    uso bloqueador de 50,
    tengo cita con la psicóloga,
    la nutrióloga
    y, cuando hace falta, el psiquiatra.
    Y además conseguí ese trabajo estable
    que toda la vida quisiste para mí.

    Lo irónico es que ahora
    tampoco te gusta verme tan funcional,
    porque esta funcionalidad
    me tiene sin verte,
    me tiene rendida, ojerosa,
    sobreviviendo a base de café
    y una agenda perfecta
    que parece diseñada por mi peor enemiga.

    Antes era más simple:
    dormía poco, comía peor
    y aun así tenía energía
    para irme de fiesta,
    sobrevivir al caos
    y reírme mientras mi vida
    se incendiaba a mi alrededor.

    Extraño a esa versión mía:
    la criatura salvaje que vivía
    con dos horas de sueño,
    tres chelas tibias,
    el cálculo perfecto
    de los boletos del metro
    y el pasaje del micro,
    una autoestima dudosa
    y un juicio cuestionable
    pero altamente inflamable.

    La que tomaba decisiones
    como si la vida tuviera “vidas extra”
    y una promesa implícita
    de que todo saldría bien
    por arte de magia.

    Era disfuncional, sí,
    pero tenía una capacidad casi olímpica
    de no morir en situaciones
    que hoy me darían ansiedad
    y, probablemente,
    una contractura cervical.

    Ahora tomo agua alcalina,
    duermo ocho horas,
    tengo vitaminas organizadas por colores
    y si salgo un jueves
    necesito tres días completos
    para volver a sentirme
    un ser humano.

    La vida es absurda:
    antes era un desastre
    sobreviviendo al caos,
    y ahora soy una adulta funcional…
    sobreviviendo a mí misma.