Escribir no es contar lo que pasó.
Es decidir qué parte de lo vivido
merece volverse palabra.
A veces escribo para entender.
A veces para no entender nada
y aun así dejar registro.
No todo lo que escribo es autobiográfico.
Pero todo pasó por mi cuerpo
antes de llegar al texto.
También está la otra pregunta,
la que nunca se responde del todo:
¿para quién escribo?
Para mí,
para quien lea,
o para nadie en particular.
Escribir es abrir una puerta
sin saber quién va a cruzarla.
Y aun así,
dejarla abierta.
No siempre es impulso.
A veces es disciplina.
Sentarse. Volver. Corregir. Esperar.
Esperar a que el texto diga
lo que puede
y no lo que quiero forzarle.
Porque hay cosas que no se escriben
cuando una quiere,
sino cuando están listas.
Y escribir, al final,
es eso:
saber abrirse,
y saber esperar.
