Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Ese instante que no fue una historia

    Era alto, con rastas.
    Dije que no, pero sí me acuerdo de su nombre, de su tatuaje en el brazo, de sus expansiones, de dónde venía y de cómo llegó a esta ciudad a la que todos hemos llegado por alguna mezcla rara de destino, caos o casualidad.

    Estaba solo en el bar, mientras yo estaba con alguien más.
    Alguien con quien quería bailar, a quien quería tocar, sentir y —por qué no— besar y quizá más.

    Pero nada. La noche estaba suspendida entre la expectativa y la fantasía.
    Entonces apareció él: alto, con rastas, sonrisa amable y seguro.

    — ¿Bailas?

    Dudé un milisegundo.
    Hacía mucho que no bailaba pegado a nadie. Menos con un completo desconocido.
    Pensé si me había vuelto torpe, si no iba a encontrar el ritmo, si antes de que acabara la canción ya iba a estar de vuelta en mi mesa.

    Dije sí, pero era un por fin.

    Y el tío no solo bailaba bien, bailaba increíblemente.
    Piel suave, manos fuertes, esas que te llevan sin imponerse,
    que saben cuándo sostener y cuándo soltar.
    No estaba buscando ligar; de verdad, no estaba buscando ligar… ¿?

    Cuando el flow de la música cambió, paramos y ahí quedó.

    Hasta que mi amigo se fue al baño.
    Y el rasta volvió:
    —¿Vienes con tu novio? ¿Es tu esposo? ¿Qué son?
    —No, nada —somos amigos —dije, mientras por dentro yo vivía otra fantasía.

    Volvimos a bailar.
    Sonreí. Me dejé llevar.
    Y entre vueltas y luces moradas, sentí su mirada.
    Ni siquiera fue un instante, pero se encendió todo lo que no debe encenderse… ¿o era incendiarse?

    Al terminar la canción, él —el que sí me importaba— me dijo:

    —Avísame si te vas a ir con el rasta.

    No recuerdo las palabras exactas, pero sí recuerdo lo que sentí.
    Quise creer que eran celos.
    Quise creer que le dolía un poquito la idea.
    Tal vez sólo lo dijo por logística, por el alcoholímetro, por saber si seguíamos juntos o cada quien jalaba por su lado.

    Pero yo elegí la primera lectura.
    Y en esa grieta, en ese casi-celos, respondí:

    —Obvio que no.

    Y no.
    Porque en realidad no quería ligarme al rasta.
    Quería ligarlo a él.

    Así que lo besé.
    No sé si me besó de vuelta o si solo fui yo.
    Pero por cómo terminó la noche, diría que lo besé.

    Y entonces, la que se fue al baño fui yo.
    La piel sudada, resplandeciente de tanto bailar,
    pero también con ese brillo de cuando acabas de tener sexo.

    Y hasta ahí.
    Regresé a beber y a cotorrear como si nada hubiera pasado.
    Ni con el amigo, ni con el rasta.

    En algún punto dudé si el rasta me estaba ligando,
    porque hace mucho que nadie me liga.
    O quizá sí lo estaba haciendo.
    O quizá yo solo necesitaba recordar que mi cuerpo todavía responde,
    que todavía baila,
    que todavía vibra sin pedir permiso.

    A veces no es una historia.
    A veces es solo eso:
    un momento que te devuelve a ti misma.