Hubo una noche que no estaba en la agenda,
ni en la rutina, ni en la lista de pendientes de mi yo adulta y responsable.
Pero igual pasó.
No voy a decir que fue una historia épica, porque no lo fue.
Ni siquiera fue “lo suficiente” de nada.
Fue apenas un casi.
Y entre la resaca emocional de lo que no llegó a ser
y las microcrisis de adulto funcional,
decidí que era momento de volver a escribir.
Porque, al final, prefiero convertir las resacas y microcrisis
en palabras e imágenes,
antes que permitir que se consuman
a punta de ansiolíticos y antidepresivos.
Además, lo que pienso aquí no es tan raro.
A muchas personas les pasa lo mismo,
solo que casi nadie lo dice en voz alta.
Yo tampoco.
Por eso lo pongo en imagen y texto.
Prefiero el anonimato por libertad
para que el deseo, la contradicción y la vida adulta se encuentren,
choquen, se empujen, se tienten
y, a veces, hagan las paces.
Nada aquí es literal.
Pero todo aquí es verdad.
O al menos,
una versión honesta de ella.

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