No es que sepan.
Es que hablan como si supieran.
Se sientan, opinan, deciden.
Con una seguridad que no viene del conocimiento,
sino del hábito.
Del lugar.
Del pacto.
Ese acuerdo silencioso
donde se validan entre ellos,
se cubren entre ellos,
y convierten cualquier ocurrencia
en “punto estratégico”.
Y claro, todo suena mejor
cuando alguien más lo respalda
con la misma cara de certeza.
Como si pensar en voz alta
ya contara como expertise.
Y una ahí, mirando,
tomando nota mental
de ideas que ya pensaste
hace tres juntas.
Pero ahora sí son buenas.
Ahora sí son viables.
Ahora sí son suyas.
Y entonces te preguntas,
sin hacer mucho ruido,
cuándo fue que tener voz
se volvió suficiente
para tener razón.
O mejor aún:
cuándo fue que bastó
con decirlo fuerte
y entre ellos
para que sonara cierto.
