Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

La chispa

No me interesa fingir que odiar está mal.

Lo dicen como si fuera una falla,
como si lo humano pudiera corregirse.
Pero odiar es humano.
Y no pienso desterrarlo.
Ni puedo.
Ni quiero.

También detesto esa idea
de tener que ser alguien feliz,
equilibrada,
correcta.
Como si no hubiera grietas.
Como si eso fuera real.

Porque el odio no llega
con lo que está lejos.
Empieza cerca.
Con la gente que amas.
Con quienes alguna vez
te llevaste bien.

A veces es un comentario
sin empatía.
Un gesto.
Un malentendido.
Nada grande.
Solo una chispa.

Y nadie hace nada.
Se acumula.
Se guarda.
Se deforma.
Hasta que un día
ya no sabes bien por qué,
pero el odio está ahí.

Y sabes algo peor:
no es solo tuyo.
Es mutuo.

Y así, sin un momento claro,
sin una razón suficiente,
terminas odiando
a alguien
a quien alguna vez quisiste.

Y no,
no siempre se puede arreglar.

Y hay otro tipo de odio.
El que no nace de lo que viviste,
sino de lo que empieza a rodearte.
A veces odias a alguien
que ni conoces.
Solo porque todo ya viene cargado.
En comentarios sueltos.
En miradas.
En silencios raros.

Un ambiente donde nadie confía.
Donde todo se interpreta.
Donde ya entraste
sin darte cuenta.

Y entonces no solo odias
a quien tienes cerca.
Empiezas a odiar
a gente
con la coincides a diario

Y lo más incómodo
es que ya no sabes
qué parte es tuya
y qué parte se

te pegó del entorno.

Pero igual
se queda.

Y a veces…
te da gusto.

Odiar solo por odiar.
Sin causa justa.
Sin argumento.
Sin querer explicarlo.

Como si por un momento
no tuvieras que ser mejor.
Ni entender.
Ni perdonar.

Solo sentirlo.
Y ya.

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