Hoy me desperté con esa frase que todo mundo repite como si fuera receta médica:
“hay que soltar”.
Y yo sigo esperando que alguien me explique cómo.
¿Es un trámite?
¿Un formulario?
¿Una app que te avise “felicidades, ya soltaste”?
La verdad es que nadie te explica cómo se suelta el dolor en lo cotidiano.
No viene en el instructivo de la vida adulta.
¿Se suelta mientras lavas los platos?
¿Entre juntas?
¿O es algo que haces un martes a las 3:47 pm y ya quedas libre para siempre?
No hay horario.
No hay método.
No hay recibo.
Solo te avientan la frase
y esperan que mágicamente te conviertas en una persona zen
que desayuna smoothies verdes
y no tiene pensamientos intrusivos.
Entre trabajo, ansiedad y vida adulta,
honestamente,
yo no encuentro el minuto exacto para dejar ir.
Así que no solté nada.
Barrí alrededor del fantasma.
Con dignidad.
Como quien limpia rápido antes de que llegue visita
solo para que no se te note tanto el desastre existencial.
Porque parece que vivimos en una sociedad obsesionada con desterrar lo malo:
el dolor,
la incomodidad,
las tristezas que no se resuelven en tres pasos.
Todo lo que no es luminoso estorba.
Todo lo que pesa hay que esconderlo.
Además, seamos honestas:
todo mundo quiere que sueltes lo malo,
como si aferrarte fuera ilegal,
pero nadie habla de lo difícil que es no soltar lo bueno:
los amigos,
el amor,
las chispas fugaces,
las posibilidades que todavía no te han decepcionado.
Así que, otra vez, no solté nada.
Barrí alrededor del fantasma.
Limpieza mínima.
Normalidad fingida.
Abrí una ventana.
No para sanar,
sino para que no se note tanto el encierro.
Porque a veces no estás rota.
A veces solo estás triste.
O cansada.
O cargando más de lo que se ve.
Y eso —aunque incomode—
también es humano.
Así que no, no suelto tan fácil.
Estoy haciendo mantenimiento.
Quitando polvo.
Abriendo ventanas.
Decidiendo qué se queda.
Y sinceramente,
para cómo está el mundo,
eso ya es bastante.

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