Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

  • Lágrimas, carcajadas y benzodiazepinas: un tríptico

    Hay momentos en que una lo intenta todo:
    meditar, respirar, repetir “estoy bien” como si fuera un conjuro.
    Sonreír cuando alguien pregunta “¿cómo estás?”,
    sosteniendo la palabra bien con los dientes
    para que las lágrimas no se escapen justo después del punto final.

    Pero hay desastres emocionales que no se arreglan con actitud,
    ni con ganitas,
    ni con cuarzos comprados en Instagram.
    Llega un punto en que la vida se ensaña con tal creatividad
    que ni la terapia semanal alcanza.

    Fue entonces cuando le dije a mi psicóloga
    que verla cada semana ya no me bastaba.
    Que necesitaba un psiquiatra.
    No por gusto.
    Por supervivencia.

    Ella —experta en terremotos ajenos— me dio un contacto.
    Y lo acepté.
    Porque ya sabía que no era la primera vez
    que necesitaba química suplementaria
    para no desmoronarme como mueble mal armado.

    Lo difícil no era la receta.
    Era el estigma.

    Porque decir que tomas ansiolíticos y antidepresivos
    es, socialmente,
    como admitir que te inyectas fentanilo de postre
    mientras miras Netflix.

    De inmediato te vuelves sospechosa.
    Frágil.
    Un ser con manual de advertencias.

    Peor aún:
    si buscas contención, te tratan como concursante de belleza emocional.
    Te colocan —con una condescendencia monumental—
    la banda de “Miss Crisis Nerviosa”,
    como si fuera una cinta amarilla que dice:
    “no tocar, podría llorar”.

    Y ni se te ocurra hacer chistes sobre tu derrumbe emocional.
    Eso ya es demasiado.
    Eso, al parecer,
    es el síntoma definitivo del apocalipsis psiquiátrico.
    Reírte de lo jodida que estás
    es visto como una señal clara de que hay que internarte
    “por si acaso”.

    Demasiada carga extra
    para una mente
    que ya venía rota de fábrica.

    Así que ahí estaba yo,
    contándolo todo:
    el derrumbe,
    el caos,
    la manera absurda en que el alma a veces se quiebra
    sin pedir permiso
    ni mandar correo previo.

    Él escuchó.
    En silencio.
    Y luego dijo:

    “A veces, cuando hablamos con pacientes,
    uno nota que las circunstancias
    no son tan graves como creen…”

    Por un segundo pensé:
    claro, exageras;
    eres experta en convertir charcos en tsunamis;

    Pero entonces remató:

    “Claramente, no es su caso.”

    Y me reí.
    No —corrijo—, solté una carcajada.
    Me reí mientras lloraba.
    Me reí como quien entiende que está oficialmente jodida…
    pero agradece que alguien lo diga
    sin tratarla como un jarrón victoriano
    ni recetarle pensamientos positivos.

    El psiquiatra lo explicó así,
    con una honestidad casi obscena:

    “Así como hay quienes necesitan lentes,
    hay quienes —por un tiempo— necesitan pastillas.
    No es debilidad.
    No es drama.
    Es química.
    Y la suya, por ahora, no coopera.”

    Y ahí entendí lo ridículo que es pedirle al cerebro que “le eche ganas”.
    Es la peor crueldad disfrazada de frase inspiradora.
    Si la fuerza de voluntad corrigiera desequilibrios químicos,
    ya existirían TED Talks tituladas
    ‘Cómo curé mi depresión pensando bonito’.

    Así fue como regresé a las benzodiazepinas:
    entre risas, lágrimas
    y un bien
    que ya no intenta engañar a nadie.

    Porque a veces el primer paso hacia la luz
    no es ser fuerte,
    ni agradecer,
    ni vibrar alto.

    Es aceptar la oscuridad
    sin vergüenza,
    sin estigma,
    y con el humor suficiente
    para no morirse en el intento.