Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

Los límites del mundo

Cuando era joven tuve un crush con Wittgenstein.

No sé si era por esa foto suya en la que parecía triste, brillante y un poco inalcanzable, como todos los hombres que una idealiza antes de tener suficiente información.

O si era por esa frase del Tractatus que se me quedó pegada para siempre:

“Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”.

En ese momento me pareció una frase hermosa.

 Ahora me parece una forma muy delicada de decir que una vida también se ensancha con palabras.

Porque cada vez que aprendo una palabra nueva siento que algo dentro de mí encuentra una ventana.

Como si de pronto pudiera nombrar una emoción que ya estaba ahí, pero vivía a oscuras.

La nostalgia que no era tristeza.

El deseo que no era amor.

La ternura que no sabía decirse.

El cansancio que no era flojera, sino mundo acumulado en el cuerpo.

A veces pienso que por eso me gustan tanto las palabras raras, las palabras antiguas, las palabras de otras lenguas.

Porque cada una trae una manera distinta de mirar.

Un pedacito de mundo que no conocía.

Una forma nueva de estar viva.

Quizá aprender palabras no nos vuelve más sabias de inmediato.

Pero sí nos vuelve un poco más capaces de entender lo que sentimos.

Y eso, a veces, ya es muchísimo.

Así que sí:
tuve un crush con Wittgenstein.

Pero creo que, en el fondo,
lo que me enamoró
fue la posibilidad de que el mundo
no estuviera terminado.

Que todavía pudiera crecer.

Que todavía pudiera abrirse.

Que todavía existieran palabras
para cosas que yo había sentido toda la vida
sin saber cómo llamarlas.

Posted in

Deja un comentario