Cuando eres niño, un diente de león parece estar esperando a que lo encuentres.
No hace falta que nadie te explique qué hacer. Lo sabes.
Pides un deseo, tomas aire y soplas.
Y lo mejor viene después: verlo deshacerse sin hacer ruido, con todos esos dientitos suspendidos un instante en el aire, como si tampoco ellos supieran hacia dónde ir.
Me gusta pensar que salen volando a cobrarle al mundo nuestros deseos.
Uno cruza la calle. Otro se enreda en una rama. Otro cae apenas unos metros más allá. Alguno se pierde de vista probándose futuros.
Después del soplido ya nadie puede decirles dónde caer ni en qué podrían convertirse.
Supongo que por eso pedir deseos se parecía tanto a soltarlos.
Luego crecí.
Y ahora, cuando encuentro un diente de león entero, antes de soplarlo me dan ganas de conservarlo así. Intacto.
Porque son bellísimos.
Mucha arquitectura en una cosa tan pequeña. Cada fibra delicadísima abriéndose desde el centro. Cada semilla con su pequeño vilano. Todo dispuesto hasta formar esa esfera casi perfecta que parece hecha de aire y luz.
Una estructura intrincada, precisa y fragilísima sosteniéndose apenas.
Demasiada belleza para algo tan pequeño.
Y entonces aparece un problema que de niña no tenía: quiero pedir el deseo, sí, pero también quiero que el diente de león siga siendo diente de león.
Quiero soplarlo y conservarlo.
Las dos cosas. Como siempre.
Supongo que crecer también consiste un poco en desarrollar esta clase de contradicciones innecesarias.
Pero hay algo todavía más bonito.
Ese pompón blanco antes fue una flor amarilla. Abierta, brillante, llamando insectos, recibiendo polen, ocupando su pequeño lugar amarillo en el mundo.
Después se cerró.
Y mientras parecía que no estaba ocurriendo gran cosa, cambió por dentro.
Los pétalos desaparecieron y, tiempo después, volvió a abrirse convertida en otra cosa: esa esfera blanca formada por semillas listas para viajar.
Es decir: justo cuando la encontramos así, perfecta, ligera, redonda, casi demasiado bonita para tocarla, es su momento de dispersarse.
Está listo para dejar de tener esa forma.
Y eso me parece maravilloso.
Porque entonces el soplido de nuestros deseos forman parte de su historia.
Aquello que a nuestros ojos se deshace en realidad llegó hasta ahí para poder irse.
La esfera blanca sólo existe durante ese pequeño intervalo en el que todo está preparado para separarse.
Para dejar de ser una sola cosa.
Para convertirse en muchas posibilidades.
Quizá por eso funciona tan bien para guardar deseos.
Porque los deseos también empiezan teniendo una forma muy precisa dentro de nosotros.
Los pensamos. Los acomodamos. Los imaginamos con lujo de detalle. Decidimos cómo deberían ocurrir, cuándo, por qué camino y, si somos especialmente optimistas, hasta con qué banda sonora.
Mientras permanecen dentro de nuestra cabeza podemos conservarlos intactos.
Perfectos.
Todavía no les ha pasado el mundo.
Pero para que algo suceda hay un momento en que hay que soltarlo.
Y también existe la posibilidad de que aquello que deseábamos termine convirtiéndose en algo completamente distinto.
No importa.
Hay pequeños rituales a los que vale la pena concederles el beneficio de la duda.
Así que soplas.
Los dientitos se levantan.
Durante unos segundos quedan suspendidos frente a ti y después el aire empieza a llevárselos.
Y entonces, puede ser, que un deseo encuentre dónde caer.
Y no sé.
A mí me parece una forma bastante bonita de abrir posibilidades.
Cerrar los ojos.
Soplar.
Y dejar que algo salga de nosotros sin exigirle que conserve para siempre la forma que habíamos imaginado.
Después, que haga lo que pueda con el viento.
Soñar tantito.

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