Lo que no dije en voz alta

Nada aquí es literal. Pero todo es verdad.

Colecciono instantes que no dije a tiempo y que regresan cuando la noche se hace larga.

Últimamente descubrí que hay un momento muy específico en el que mi ansiedad se dispara:
cuando tengo que apretar Enviar.

No necesariamente escribir.
Escribir puedo.

Puedo redactar un correo para alguien con quien tengo serios problemas en el trabajo. Puedo hacer expedientes e informes impecables de los que ha dependido mi trabajo y mis ingresos.

Escribo en este blog y puedo, incluso, escribir una tesis doctoral.

El problema es enviarlos.


Porque mientras algo sigue en mi computadora todavía pertenece a ese pequeño territorio donde conservo la ilusión de que puedo controlar lo que pasa.

Puedo cambiar una palabra.
Mover una coma.
Suavizar una frase.
Volver a revisar.
Imaginar treinta y siete posibles interpretaciones.
Preguntarme si “agradezco de antemano” suena cordial o pasivo-agresivo.
Cerrar el archivo.
Abrirlo cinco minutos después.

Y, por supuesto, hacer una última revisión.
Que, básicamente, es una de las grandes mentiras de mi vida adulta.

Porque nunca es la última.

Hasta que aprietas Enviar.

Y ahí ocurre lo verdaderamente aterrador:
ya no puedes hacer nada.

Después, alguien puede leer.
Responder.
Evaluar.
Corregir.
Decir que sí.
Decir que no.
O —mi favorita— no contestar absolutamente nada durante cuatro días mientras mi cerebro produce 73 escenarios, 41 tragedias y una investigación forense completa sobre el significado del silencio.

Una pesadilla para cualquiera con cierta afición al control como yo.

Y entonces llegamos a la tesis doctoral.
Después de años de leer, escribir, borrar, reescribir, discutir conmigo misma y preguntarme por qué decidí hacer un doctorado, desarrollé además una metodología paralela que, por razones obvias, no aparece en el capítulo metodológico.

Pensamiento mágico.
Pero pensamiento mágico con consistencia interna, por favor.

Yo nací en una fecha en la que, si sumo los números de mi fecha de nacimiento, todo termina en 3.

Así que desde hace años el 3 ocupa un lugar especial en esa parte de mi cerebro que sabe perfectamente que la numerología no es ciencia y, al mismo tiempo, piensa:


bueno… pero tampoco estorba.


Por eso decidí que la tesis sin contar anexos tenía que terminar exactamente en la página 363.
Porque:
3 + 6 + 3 = 12.
1 + 2 = 3.
Cerraba.
No epistemológicamente.
Emocionalmente.
Hasta ahí todo bien.


Pero entonces cometí el error de buscar qué significa el 3 en numerología.
Y, según esa tradición, representa creatividad, expresión, comunicación, palabra y la capacidad de poner las ideas en el mundo.
Como mi tesis.


Luego llegué a los “retos” asociados al 3: dispersión, dificultad para concentrar la energía en proyectos largos y problemas para expresar aquello que se ha quedado guardado.
Y ahí sí: no necesitaba una auditoría cósmica de personalidad.

Y quizá por eso, cuando llegó el momento de decidir cuándo mandar la tesis, no quise elegir una hora cualquiera.
Hoy, 22 de septiembre, es el equinoccio de otoño.
Y hay algo de esta estación que siempre me ha gustado: los árboles empiezan a soltar.
No porque las hojas hayan estado mal.
No porque haya que deshacerse de ellas.
Simplemente porque cumplieron su tiempo y el ciclo necesita continuar.


Después de tantos meses intentando aprender exactamente eso —dejar de revisar, dejar de corregir, dejar de imaginar todo lo que todavía podría salir mal—, me pareció un símbolo demasiado bueno para desaprovechar.


Si tenía que soltar la tesis, quería hacerlo justo cuando cambiara la estación.
El equinoccio de otoño ocurrió hoy a las 18:06.
Así que programé el correo para que saliera exactamente a las 18:06.
A propósito.


No porque crea que la posición de la Tierra vaya a mejorar mis argumentos ni porque el otoño tenga atribuciones dentro de un tribunal doctoral.
Sino porque necesitaba que ese instante marcara algo.
Que dijera: hasta aquí.

La joya de la corona de mi metodología paralela.


La tesis fue construida con años de trabajo, bibliografía, análisis, discusión teórica, metodología y una cantidad indecente de revisiones.


Pero para conseguir que finalmente saliera de mi computadora fue necesaria una comunidad mucho más amplia:
mi directora,
Word,
el número 3,
la página 363,
las 18:06,
el equinoccio,
varios colapsos emocionales
y una cantidad preocupante de pensamiento mágico.

Detrás del absurdo creo que hay algo que sí necesito aprender.
Hay momentos en los que seguir revisando ya no significa mejorar.
Significa posponer.
Intentar conservar durante un poquito más aquello que todavía está bajo mi control antes de entregárselo a la incertidumbre.


Quizá por eso me cuesta tanto el botón de Enviar.
Porque enviar también significa reconocer cosas que ya no dependen exclusivamente de mí.


Y que pasar al siguiente capítulo exige, a veces, exactamente eso:
no otra revisión.
No otra vuelta.
No otra estrategia de control.
Sino elegir un momento, inventarle incluso un pequeño ritual si hace falta, y soltar.

Hoy, a las 18:06:
Enviado.
Que empiece el otoño.

Que cambie la estación.
Que cambie el capítulo.
Y, si no es mucho pedir, que lo próximo que cambie sea el prefijo académico antes de mi apellido.

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